11 de Diciembre, 2025
"No te apresures ni hables sin pensar delante de Dios. Después de todo, Dios está en el cielo y tú estás aquí en la tierra; por lo tanto, deja que tus palabras sean pocas."
Eclesiastés 5:2, NTV
Bienvenidos a VIVA VOZ. Hoy quiero hablarte de algo que nos pasa a muchos sin darnos cuenta: orar… pero sin escuchar. Venimos delante de Dios con listas, con necesidades, con quejas, con urgencias, con preguntas, con preocupaciones. Hablamos, hablamos y hablamos. Pero, ¿en qué momento escuchamos? ¿En qué momento hacemos silencio? ¿En qué momento le damos espacio a Dios para responder?
"No te apresures ni hables sin pensar delante de Dios. Después de todo, Dios está en el cielo y tú estás aquí en la tierra; por lo tanto, deja que tus palabras sean pocas."
(Eclesiastés 5:2, NTV)
El sabio de Eclesiastés nos confronta con una verdad que rara vez consideramos: no es malo hablar con Dios… pero sí es peligroso no dejarlo hablar a Él.
Muchos de nosotros oramos, pero no conversamos.
Nos desahogamos, pero no escuchamos.
Presentamos peticiones, pero no buscamos dirección.
Y sin darnos cuenta, nuestra oración se vuelve un monólogo espiritual.
Un espacio donde descargamos nuestro corazón, pero no permitimos que Dios forme el suyo en nosotros.
¿Por qué pasa?
Porque el silencio incomoda.
Porque escuchar requiere paciencia.
Porque tememos que Dios responda algo distinto a lo que queremos.
Porque estamos acostumbrados a oraciones rápidas, automáticas, llenas de palabras… y vacías de escucha.
Pero la intimidad con Dios se profundiza en el silencio.
En esos segundos donde te callas…
y tu espíritu se abre.
Donde dejas de dirigir la conversación…
y permites que Él la dirija.
A veces la respuesta que esperas no llegará con un trueno, ni con un fuego, ni con un milagro repentino.
A veces llega en un susurro.
Y ese susurro solo lo escucha quien hace espacio para oír.
Dios sí habla.
Pero no todos escuchan.
Porque no todos se detienen.
Hoy hazte esta pregunta con sinceridad:
Hoy practica algo sencillo pero transformador:
Ora… y quédate en silencio.
Un minuto. Tres minutos. Cinco minutos.
Deja que el ruido interno se calme.
Deja que la voz de Dios encuentre espacio para entrar.
El silencio puede incomodar…
pero también puede sanar.
Y Dios habla donde encuentra silencio.
Señor, enséñame a escucharte. Líbrame de oraciones llenas de palabras pero vacías de atención. Abre mis oídos espirituales y calma mi corazón para poder recibir tu dirección. Habla, Señor… tu siervo escucha. Amén.