14 de Febrero, 2026
"Pues estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana, ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios."
Romanos 8:38, NTV
Bienvenidos a VIVA VOZ. Hoy es un día donde el amor se celebra con gestos, palabras, promesas y símbolos. Muchos hablan de amor eterno, pero pocos se detienen a pensar qué tan frágiles pueden ser algunas de esas promesas cuando se apoyan solo en emociones humanas.
Hoy te invito a leer en casa Romanos 8:31–39. Ahora, detengámonos específicamente en el versículo clave.
Romanos 8:31–39
"Pues estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana, ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios."
(Romanos 8:38, NTV)
Durante años, miles de parejas colocaron candados en un famoso puente como símbolo de amor eterno. Cerraban el candado, lanzaban la llave y prometían un amor que duraría para siempre. El problema fue que el peso de tantos "amores eternos" terminó dañando el puente… y tuvieron que retirarlos todos.
Eso dice mucho de nosotros. Queremos asegurar el amor, pero muchas veces lo hacemos desde la fragilidad humana. Promesas que cambian, sentimientos que fluctúan, relaciones que no siempre resisten el tiempo ni las pruebas.
Pero hay un amor que no se oxida, no se rompe y no necesita candados para sostenerse. El amor de Dios no depende de nuestro estado emocional, de nuestro comportamiento perfecto ni de nuestras caídas. Pablo lo deja claro: nada, absolutamente nada, puede separarnos de ese amor.
Mientras los candados humanos se quitan, el amor de Dios permanece.
Hoy pregúntate con sinceridad:
Cuando todo lo demás falla, su amor sigue firme.
Señor, gracias porque tu amor no depende de mis fuerzas ni de mi constancia. Gracias porque cuando fallo, tú permaneces. Enséñame a descansar en un amor que no se rompe y que me sostiene todos los días. Amén.